Page 69 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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moradores eternos con evidentes ecos mitológicos que subrayan la noción sensual o salvaje más allá de la cons- ciencia que impregna toda idea de jardín, ecos que incitan la imaginación en los momentos de indolente relajación para los que el jardín se concibe, ecos que enfatizan el aspecto misterioso o iniciático del jardín entendido como un fragmento concentrado y concretado de naturaleza indomable.
Y en el de Sorolla así ocurre también. Como gran- des protagonistas encontramos a Dyonisos (dios del vino, de la inspiración y del delirio místico festejado en ritos licenciosos, procesiones de los genios de la Tierra y la fecundidad), el Fauno (lascivo y voluptuoso, morador de bosques y aficionado a las ninfas y al que se rendía culto en ritos oraculares que se desarrollaban en arboledas sa- gradas), y un Sátiro escanciador (como parte del cortejo dionisíaco encarnando la fuerza vital de la naturaleza con un carácter más salvaje que el fauno): figuras mitológicas ligadas a ceremonias más o menos sensuales y orgiásticas en entornos vegetales. Les acompañan, desperdigadas, la cabeza de un adolescente que rememora al efebo griego sobre una de las columnas; sobre otra un Desnudo feme- nino de Clará, contemporánea versión de la ninfa; el To- gado romano, al que, dejándonos llevar, imaginamos ya entregado al vino en el banquete; u otras dos ninfas de clásico atavío que se susurran secretos en la Fuente de las confidencias.
Sin embargo, puede que el elemento más versátil de toda la composición, el que le posibilita un mayor re- gistro espacial, sea precisamente la luz. Por ello será fun- damental la variable frondosidad de las plantas que, en unos casos permitirá los efectos de luz filtrada, en otros de luz tamizada, o efectos de luz cegada por grandes ma- sas vegetales que en muchos de sus cuadros parecen en- marcar detalles y organizar composiciones: no llegamos a saber si lo que vemos representado existía en realidad o si constituye un recurso del pintor, acaso una licencia, como si la mente del artífice y artista reverdeciera a su antojo el
jardín pintado. La vegetación se debe pues entender, den- tro del carácter escenográfico del espacio, como un lumi- noso tapiz de fondo, como un atractivo telón teatral ma- nipulado al antojo del pintor, según se observa ya en algún dibujo proyectivo de 1914-1915 —Dos dibujos para el se- gundo jardín de la Casa Sorolla (ca. 1915) [cat. 77]— y queda especialmente patente en la obra Jardín de la Casa Sorolla (1918-1919) [fig. 51]. La densa vegetación inunda el lienzo en masas verdosas de intensidad variable, conse- guida mediante los laureles, pitosporos, mirtos, aligustres, bojes, cipreses, etc. —que hoy en día la paisajista Lucia Serredi está intentando recuperar en el jardín—. Con ellas Sorolla consigue poetizar este espacio ofreciéndonos la imagen de un jardín cargado de misterio, sobredimen- sionado por la composición y por la alteración de escalas en las figuras escultóricas, cercano casi a la visión misté- rica intensificada por la apariencia de espacio pseudosal- vaje habitado tan solo por «figuras petrificadas» —los «invitados de piedra», tal y como se les denomina en los textos clásicos jardineros—, que nos dan la espalda (las clásicas figuras de la Fuente de las confidencias y el Dyo- nisos pompeyano en bronce).
En este concepto pictórico y escenográfico, las plantaciones, las especies vegetales elegidas, son primor- diales y a ellas atendió también el pintor. Para él será básico el componente cromático, esencial para su concep- to pictórico del jardín, como se intuye claramente en mu- chas de sus obras. Este le permitirá generar acentos des- tinados a crear contraste mediante toques aislados o repetidos con la finalidad de reforzar la impresión de na- turaleza, es decir, la percepción espontánea de distintas zonas del jardín. En el arte del jardín no son los colores o la multiplicación del colorido lo que produce una sensa- ción más viva, sino las proximidades y los contrastes. Así, el atractivo amarillo del Rosal amarillo de la Casa Sorolla (1918-1919) [cat. 71] que destaca sobre el fondo claro de la arcada de la fachada principal no puede ser casual. Conociendo la continua «mirada pictórica» de Sorolla,
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