Page 50 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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un lado, en lo que se refiere a «la toma de datos» de estos jardines, realizada de una manera espontánea y viva en sus cuadros y correspondencia, que hoy en día constituye una fuente documental de referencia para cualquier investiga- dor de los jardines españoles. Sus múltiples viajes por Es- paña proporcionarán a Sorolla el descubrimiento del jardín como motivo pictórico, dando lugar a un complejo grupo de obras que integran un corpus de gran relevancia en el conjunto de su producción pictórica.
Alejado del mar y sus gentes —motivo predilecto para el pintor valenciano— y rehén de la pintura de retratos —cuyos encargos se suceden en muchas ocasiones muy a su pesar—, la pintura de jardines supone para él una huida, una vía de escape cuando puede evadirse de otras obligaciones: «Me veo obligado a empezar en esta [ciudad de Sevilla] el retrato de Viana, se puso muy pesado, y no he podido dejar- lo; y digo esto, pues mientras hago eso que me vale dinero, dejo de darme el gusto de pintar algo de los jardines»15. So- rolla vive este tipo de pintura como una oportunidad de en- trega al libre ejercicio de su oficio movido por el reto lumíni- co y cromático que le ofrece el tema. Este se adapta a sus más esenciales ideales artísticos, marcados por la fugacidad de la impresión y su efecto cambiante, animado por las vistas oblicuas, los encuadres descentrados y una creciente sensa- ción de depuración formal, sintetismo expresivo e intimismo.
Con algunos precedentes en obras de pequeño for- mato a partir de 189816, Sorolla dará muestras explícitas de su interés por las posibilidades pictóricas que le puede ofrecer el jardín cuando en 1904 habla de su recién alqui- lada vivienda-taller en la calle Miguel Ángel de Madrid —donde vivirían hasta la construcción de la Casa Soro- lla—. En una carta a su amigo Pedro Gil le informa de sus cambios, mejoras e inquietudes, diciéndole estar
aún atareadísimo con la nueva instalación, pero aumen- tando el presupuesto estoy realmente mejor para mi Clotilde y mis hijos, sobre todo para la primera, pues el poco jardín que tiene la casita es el suficiente para
que viva al aire y al sol, que es lo que de continuo le aconseja el médico.
Tiene el jardincito muchos y hermosos árboles, algu- nos muy grandísimos, y bastante sol para poder pin- tar (te enviaré alguna fotografía cuando las haga).17
En el jardín de la calle Miguel Ángel sentará las bases de una importante faceta en su producción18 que adquirirá carta de naturaleza con los óleos pintados en los jardines del Real Sitio de La Granja de San Ildefonso (Segovia)19, se asentará con entidad propia con los lienzos del Real Alcázar de Sevilla y los de la Alhambra y el Generalife, y alcanzará sus máximas cotas de expresión en las pinturas del jardín de la Casa Sorolla.
A sus jardines pintados se unen las impresiones de otros muchos que no ha trasladado al lienzo pero que ha visitado con verdadero deleite. En ocasiones nos habla de ellos —a través de las cartas a su esposa—, como en Ali- cante, donde describe «una visita agradable, donde hay un bonito jardín propiedad de un señor judío cuya Sra. es muy agradable también. El jardín tiene naranjos y muchas flores y cantidad de agua, así que para Alicante es un pequeño paraíso doméstico»20; o en Sevilla, donde visita «la finca del Marqués de Esquivel, hermosa casa del siglo xviii con un bonito jardín y patio antiguo»21; o unos nuevos jardines pú- blicos, «que no están mal»22 en Valencia; o el jardín de Eslava en Sevilla y el Parque Güell en Barcelona23.
Por otro lado, ya fuese debido al largo tiempo pasado pintando los jardines o a la especial sensibilidad del artista, Sorolla se vuelve consciente de su importancia y valor histó- rico y artístico. Seguidor de la reflexión iniciada por Rusiñol, Sorolla no es ajeno a los movimientos decimonónicos en los albores de la defensa del patrimonio. Así por ejemplo, por sus contactos con la Institución Libre de Enseñanza, está al tanto y participa de la controversia surgida a raíz de la venta fuera de España de los cuadros del Greco de la capilla de San José de Toledo. Otro testimonio en este sentido es su ofrecimiento de donación de una de sus obras a la Sociedad
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