Page 49 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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sentir de una época que entiende, por un lado, el valor de la creación humana —patrimonio histórico-artístico— y, por otro, el valor de la protección de la naturaleza, a la que hay que salvaguardar del poder destructor del hombre.
Así, desde finales del siglo xix y hasta la mitad del siglo xx se verán surgir los primeros movimientos, asocia- ciones y sociedades en defensa del patrimonio en toda Europa7. En materia de jardines será muchas veces gracias a otras artes asociadas —pintura, literatura, arquitectura, etc.— que estos se reconozcan. Así, en Francia la recién creada Sociedad para la Protección de los Paisajes y la Estética estará presidida por un poeta, Sully Prudhomme; en España será la figura de un emblemático pintor, San- tiago Rusiñol (1861-1931), quien sintetiza las corrientes que se están produciendo en el extranjero a la vez que preconiza la temática de los jardines en nuestro país.
En efecto, cuando Rusiñol presenta su colección Jardines de España (1899) en París, los jardines ya estaban presentes desde hace años en la obra de las vanguardias artísticas —simbolismo, modernismo, puntillismo, etc.— que se alejaban de la pintura académica del siglo xix. Los jardines habían sido el vehículo gracias al cual los impre- sionistas habían podido «plasmar lo que siento»8 buscan- do «no una impresión de la naturaleza, sino la expresión de los sentimientos»9 como diría Claude Monet, haciendo del jardín su paleta de colores. Para ello, muchos de ellos se habían tenido que convertir en jardineros: Paul Cé- zanne en Les Lauves; Pierre Bonnard en Le Cannet; Auguste Renoir en Cagnes-sur-Mer, en la Riviera france- sa; así como el propio Monet en Giverny (Francia). Allí, fiel a las corrientes científicas del siglo xix, había conse- guido la aclimatación de plantas exóticas provenientes del Extremo Oriente —glicinias, rododendros y peonías, ama- polas, begonias, crisantemos y orquídeas— en los inver- naderos construidos a tal efecto.
Sin embargo, mientras que el jardín de Giverny había sido realizado por el artista con la finalidad de con- vertirse en prácticamente su único motivo pictórico du-
rante sus últimos veinticinco años, los jardines pintados por Rusiñol constituyen una fuente documental funda- mental para conocer y descubrir un legado de jardines españoles en trance de desaparición. Así nos alienta el propio autor en el último párrafo de la introducción a su publicación: «Si aún quieres ver ¡oh poeta! estas últimas flores y estos últimos jardines, no tardes, que pronto se habrán desvanecido. [...] Ve pronto a ellos»10.
El pintor es plenamente consciente del valor de estos bienes —«¡No les dejemos solos, soñadores de la tierra, a los jardines abandonados! [...] Id al museo hecho de esencia de paisaje»11— que será capaz de transmitir a muchos de sus contemporáneos y seguidores. Estos en- contraron en la temática jardinera un símil de la decaden- cia política y cultural que vivía España, claramente in- fluenciada por la derrota en la Guerra de Cuba (1898) y la consiguiente pérdida de las colonias americanas y asiá- ticas: «Ya puesto el sol esta tarde de estío, como las flores duran menos que las plantas, antes de que España sintie- se su mal, se le fueron muriendo sus jardines»12.
Esta avanzadilla cultural —Juan Ramón Jiménez, con Jardines lejanos (1904), al que Sorolla pintaría dos veces, ambas con jardines de fondo13; Manuel de Falla, Noche en los Jardines de España (1915); o Federico García Lorca y sus Jardines, recogidos en su primera obra Impresiones y paisajes (1918)— suplirá la casi total ignorancia que sobre nuestros jardines se tiene en este momento. En efecto, la falta —casi absoluta— de publicaciones españolas que tratasen del tema desde un punto de vista artístico dentro de sus múlti- ples dimensiones históricas impedía el nacimiento de una conciencia de salvaguarda de los jardines existentes. Habrá que esperar a la aparición en 1949 de dos libros de Carlos Sarthou Carreres, uno sobre Jardines de España. Artísticos del Tesoro Nacional y Parques Reales, y otro más específico sobre los Jardines valencianos, para que se pudiera dar por iniciada una historiografía científica de nuestros jardines14.
Pero, en espera de este momento, el legado de Ru- siñol encontrará en Joaquín Sorolla un nuevo adalid. Por
4 ana luengo y daVid ruiZ lópeZ

