Page 28 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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Fig. 54
Claude Monet pintando en su jardín, verano de 1904. París, Colección Philippe Piguet
La pintura vino después. Los cuadros de jardín son un género inscrito en ese tipo de pintura, llamada a plein air, que, confundida frecuentemente con el impresionismo, se esparció por toda Europa a partir de los años 1870. El ámbito original del plein air se remontaba al paisajismo romántico de comienzos de siglo. A partir de los años 1850 y 1860 se desplazó hacia la pintura de la vida rural. Y esos campesinos, que solo algunas veces se pintaban realmen- te al aire libre, fueron el precedente de otras figuras, pin- tadas esta vez casi siempre al aire libre, cuyos modelos no eran ya campesinos, sino habitantes de las grandes ciuda- des. El impulso inicial de esa transformación vino de Ma- net y de los impresionistas franceses. La modernidad de su pintura, realizada sobre lienzos de tamaño pequeño o mediano y fiada a la espontaneidad del gesto y del mo- mento, se correspondía con la modernidad de lo pintado. Pequeños burgueses paseando, bebiendo en una terraza de café, belles de jour mirando los escaparates y exhibién- dose profesionalmente, jóvenes obreros y obreras camino de su trabajo, camareros, cocheros, remeros y bañistas en el río, tipos populares bailando bajo los árboles en los atardeceres de verano. Escenas de la vida urbana moder- na, situadas en los alrededores de París o en sus nuevas calles, bulevares, parques y jardines.
Y rápidamente, en un contagio no deliberado, casi inconsciente, el interés del pintor se extendería de los personajes a los escenarios. En algunas escenas tardías de Manet los personajes, aunque enlazados todavía entre sí por una retícula narrativa más o menos ambigua, comien- zan a disolverse en el entorno vegetal que les rodea. El efecto de disolución se acentúa, por ejemplo en Mujer y niña en el jardín, un cuadro de Berthe Morisot pintado en torno a 1883-1884 donde la artista retrata a su hija y a su niñera sumergidas en la luz verde y líquida de Las Tulle- rías. En Mujer con sombrilla en un jardín, un cuadro de Renoir pintado en 1875, si reconocemos a la pequeña fi- gura femenina que el pintor ha situado al fondo y que da título al cuadro, es solo gracias a la sombrilla japonesa que nimba su cabeza destacándola de la vegetación circundan- te [fig. 55]. Y, si no fuera porque la sombrilla actúa como un hito para nuestra mirada, probablemente tardaríamos mucho en ver, o quizá no veríamos nunca, al jardinero en mangas de camisa que, camuflado entre las plantas, se inclina al paso de la mujer y le da la espalda, no sabemos bien si para ofrecerle una flor o para ignorarla. No sabe- mos quiénes son esos personajes y la verdad es que no nos importa mucho, ni al pintor parece importarle que lo se- pamos. Lo que quiere que veamos es el esplendor del
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