Page 57 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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Fig. 39 José Benlliure Ortiz, La Casa Sorolla durante
su construcción, ca. 1911. Madrid, Museo Sorolla
Fig. 40 Anna M. Christian, Vista exterior de la Casa Sorolla, 1914. Madrid, Museo Sorolla
Fig. 41 Kurt Hielscher, María Sorolla, su marido y su hijo junto a Joaquín Sorolla en
el primer jardín de la Casa Sorolla, 1919. Madrid, Museo Sorolla [inv. 80336]
al taller ofreciendo una vista general sobre el espacio de tra- bajo del artista. En uno de sus muros un gran espejo estra- tégicamente ubicado rebota nuestra mirada, que se desliza en sentido contrario, por debajo de nosotros, atravesando la puerta que comunica taller y vivienda y la meseta inferior de la escalera bajo nuestros pies, para desembocar de nuevo en el salón; de ahí, hacia la escalera que da a la puerta principal del edificio. El juego de perspectivas y el fluir de la mirada parecen condensar el espacio de todo el edificio en una su- perficie de apenas ocho metros cuadrados.
La tercera exigencia básica para Sorolla en la cons- trucción sería precisamente la existencia de un jardín al que sacar el máximo provecho en todos los aspectos [fig. 40]. Su importancia para el pintor se manifiesta no solo en el he- cho de que todas las estancias se abren a un espacio ajar-
dinado sino en que el propio edificio participa de toda esta «voluntad jardinera», impregnando al visitante de la sen- sación de vivir al aire libre: tras una fachada aparentemen- te neutra van apareciendo elementos de transición —la loggia de entrada con todo su potencial de claroscuros; el patio interior y la rotonda con la que el salón se abre a la luz, a modo de los conservatories ingleses o americanos tan de moda—, como si la mirada pudiera encontrar en cual- quier momento una vía de escape, un retazo de naturale- za, una impresión de luz y color. De esta manera, la casa se vuelca al exterior y el jardín se disfruta en cada sala. Incluso en la planta superior las dos fachadas cuentan con amplias terrazas que —a juzgar por las fotografías conser- vadas— fueron bien aprovechadas por la familia. En las habitaciones interiores, amplios ventanales se abren al llamado «Patio andaluz».
Como hemos visto, el pintor había tomado plena conciencia de la importancia de poder disfrutar de un jardín en la vivienda cuando la familia se traslada a la casa-taller alquilada en la calle Miguel Ángel. Sus ventajas eran múl- tiples: en su vivienda unifamiliar, construida a su medida a modo de palacete burgués de la época —auténtico emble- ma del éxito de toda una vida dedicada a la pintura—, la fachada y el espacio ajardinado adquieren un protagonismo representativo esencial por la imagen que proyectan al vian- dante y al visitante; también por cuestiones de ocio y disfru- te familiar [fig. 41], porque el espacio ajardinado le ofrece el ámbito apropiado para pasar junto a sus seres queridos las breves temporadas de descanso que se toma en un período de continuos viajes por toda la geografía española —moti- vados por el gran proyecto de decoración de la Biblioteca de
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