Page 45 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
P. 45
desde la galería de la planta superior que era la única que en ese momento se abría al paisaje del frontero barrio del Albaicín otorgándole a este espacio un carácter introver- tido del que carece actualmente.
Respecto al Patio de Lindaraja fue, junto a Sierra Nevada, la localización que más reprodujo. Lo llegó a cap- tar desde distintas perspectivas y enfoques, tanto en planta alta como a nivel del suelo, siempre teniendo a la fuente central, la vegetación y el fondo arquitectónico como refe- rencia para identificar la estructura formal del patio. Se trataba de un espacio cuya transformación histórica se pro- dujo a partir de 1526 al decidirse que las construcciones nazaríes preexistentes no resultaban adecuadas como apo- sentos para el emperador Carlos V. Modesto Cendoya ha- bía pensado demolerlas y tratar de restituir la forma que pensaba tenían durante su pasado islámico, tal y como re- comendaba el Plan de Conservación redactado por Manuel Zabala y Gallardo, arquitecto de construcciones civiles del Estado e Inspector de Monumentos asignado a la Alhambra.
Fig.35
Laboratorio fotográfico de Linares y Garzón, Calle Real de la Alhambra, ca. 1915. Granada, Archivo del Patronato de la Alhambra y Generalife
Afortunadamente no llegó a hacerlo. La fuente, una vez más, será el eje central de las composiciones dedicadas a este ámbito que reproducirá los altos cipreses que dominan el efecto de verticalidad de todas las versiones, incluidas las realizadas en 1917 de pincelada más diluida. El Mirador de Daraxa, con su ventanal ajimezado, contribuye a otor- garle historicidad a estos paisajes interiores de la Alhambra. En el caso de Jardín de Lindaraja, Alhambra, Granada (1909) [cat. 34], la sesión pictórica la lleva a cabo desde la denominada popularmente como Galería de Chateau- briand, por creerse, de un modo tan injustificado como la leyenda de doña Juana, que el gran escritor francés había paseado por ella dejando su firma plasmada en algún lugar que no llegaría nunca a ser identificado.
Además de las estancias que atrajeron a Sorolla, la Alhambra de principios del siglo xx había comenzado a transformarse desde el punto de vista urbano para ser valo- rada y visitada como bien cultural. En esos años aún podía considerarse un singular barrio pintoresco de la Granada decimonónica, aunque en decadencia. Con parroquia, ve- cinos y actividad comercial, comenzaba ya a orientar su funcionalidad hacia el incipiente turismo que demandaba la visita cultural al monumento. En la Calle Real, además de la concurrida taberna propiedad de Antonio Barrios14, conocida como el «Polinario», proliferaban los talleres fo- tográficos —una auténtica industria cultural—, el comercio de antigüedades así como pequeños hoteles y pensiones [fig. 35]. También había algunas familias que poblaban las escasas viviendas conservadas. Una de las más amplias era la del propio arquitecto-conservador de la Alhambra situa- da muy próxima a la Puerta del Vino.
Recientemente habían pasado a ser propiedad públi- ca algunas de las huertas y cármenes que proliferaban en el sector del Partal y del Secano y hasta el propio convento de San Francisco que, víctima del proceso desamortizador, había corrido el riesgo de desaparecer. Afortunadamente ter- minó por incorporarse al Conjunto Monumental de la Al- hambra aunque en esos momentos estuviera prácticamente
12 maría deL mar viLLafranca jiménez


































































































   43   44   45   46   47