Page 42 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
P. 42
Fig. 30
Jean Laurent, Vista exterior de la galería lateral izquierda del Patio de los Arrayanes, ca. 1865. Granada, Archivo del Patronato de la Alhambra
y Generalife
ticos y estéticos del artista en el momento de mayor pleni- tud alcanzado hasta ese momento en su carrera.
En el sector de la Alcazaba será el Jardín de los Adar- ves uno de sus favoritos, pues desde este lugar no solo mantendrá el interés por los elementos vegetales y arqui- tectónicos que lo cualificaban sino, esencialmente, la vista que de su admirada Sierra Nevada se disfrutaba desde este emplazamiento. Sin duda sería el arquitecto-conservador del monumento, Modesto Cendoya, el que se la mostraría desde este lugar por primera vez en la visita de 1909. A este arquitecto se debían los principales trabajos arqueológicos y de conservación desarrollados para incorporar la Alcazaba al recorrido de la visita turística y quizá en esta labor fue donde logró sus principales aciertos, si exceptuamos la con- solidación arquitectónica del sector palatino y el haber so- lucionado los numerosos problemas ocasionados por desa- gües y saneamiento del subsuelo. Otra de sus aportaciones fue haber logrado restablecer la red de alcantarillado y re- construir los canales y tuberías que suministraban de agua a las fuentes de la Alhambra.
Durante la segunda mitad del siglo xix los palacios de la Alhambra habían sido objeto de numerosas restaura- ciones realizadas con criterios «adornistas», por lo que su
imagen acentuaba el carácter orientalizante que se les im- primió a algunas de estas intervenciones llevadas a cabo por la familia Contreras, antecesores de Cendoya en el cargo, y que se asemejaban más a la idea de un serrallo turco que al origen hispanomusulmán de su arquitectura. Es el caso del cupulín de tejas vidriadas de colores que podía apreciarse sobre el pórtico de Comares y que Sorolla reproduce en Sala de Embajadores, Alhambra, Granada (1910) del J. Paul Getty Museum. En él también se plasman las dos pequeñas torres simétricas incorporadas arbitrariamente por el arquitecto sin tener en cuenta que los vestigios originarios indicaban solo los peldaños de acceso a una de esas torres pero no había ni rastro de la incorporada en el otro extremo de la fachada [fig. 30]. Soluciones como esta le granjearon a Cendoya numerosas críticas entre quienes defendían una postura más orientada a la conservación del monumento sin excesos de fantasía. Todo ello sucede en un momento muy intere- sante del debate entre ambas posturas críticas, la conserva- dora y la restauradora, dentro la cultura arquitectónica de la época, que tendrán su reflejo en las intervenciones que se suceden en el Conjunto Monumental13.
En las primeras décadas del siglo xx asistimos a los primeros intentos de organización de los trabajos de
La aLhambra que visitó soroLLa 9

