Page 39 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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contemporánea de Granada. Mantuvo unas magníficas re- laciones de amistad con el rey Alfonso XII y posteriormente con su hijo Alfonso XIII, con el que solía cazar en su finca de Láchar, propiedad que Sorolla visitaría en febrero de 1910. Se convirtió en anfitrión del artista, al que invitó en numerosas ocasiones y con el que sin duda conversaría so- bre Sierra Nevada, tema que a ambos, aunque por diferen- tes motivos, les apasionaba. El duque proyectaba realizar una carretera y un tranvía a la sierra así como un hotel, in- augurando de un modo pionero la actividad turística asocia- da a los deportes de invierno en este lugar.
Por la interesante y completísima correspondencia del artista con su mujer Clotilde, conservada en el archi- vo del Museo Sorolla, conocemos gran parte de los detalles de las estancias del pintor en Granada. En la de 1909 su presencia en la ciudad causó el lógico interés mediático local que será recogido tanto en el periódico La Publici- dad8, que le dedica un amplio reportaje, como en las pági- nas de El Defensor de Granada9 donde el crítico de arte Aureliano del Castillo publica un resumen de la conversa- ción mantenida con el pintor durante media hora la tarde del 23 de noviembre, en la que Sorolla realiza, muy acer- tadamente, una valoración del carácter dual de la ciudad:
Hay dos Granadas, no lo dude usted, me decía: una Granada femenina, deliciosa, exquisita; la Granada del ajimez, del huertecillo, del carmen macetero, del detalle, en fin y hay otra Granada varonil, grande, su- blime que yo veo en todas partes y no sé dónde está, pero que existe y que acaso sea el conjunto de esa sierra gigante y esa vega extensísima...10
Valorados en su conjunto, los paisajes granadinos de Soro- lla muestran esa doble naturaleza que le atribuye el pintor en la entrevista, expansiva o intimista, y que tan ejemplar- mente representaban las vistas de Sierra Nevada y los pa- tios y jardines interiores de la Alhambra, respectivamente. Aunque su primera atención fue la sierra, el artista iría
descubriendo los detalles de un recinto que se le revelará paulatinamente hasta hacerse íntimo y personal. No es casual que los lugares que elige para pintar sean los patios y jardines de la Alhambra, aquellos en donde la luz cons- truye y dimensiona las formas arquitectónicas, el agua incorpora sonidos propios y la vegetación complementa el ambiente aportando aromas y colores. Un espacio senso- rial propicio para el disfrute y la contemplación, un autén- tico locus amoenus que invitaba al retiro y a la reflexión intelectual. El artista necesitaba sentir lo que pintaba y en la Alhambra estamos seguros de que, a pesar del frío in- vierno granadino que amenazaba constantemente con sus inclemencias las sesiones de trabajo, lo percibió.
La Alhambra que Sorolla visitó en estas primeras décadas del siglo xx había dejado de ser una propiedad periférica de la Corona española desde 1870, al quedar incorporada como Monumento Nacional a las primeras iniciativas de valoración patrimonial por parte del Estado español. Desde el 30 de junio de 1909 tenía regulada su visita pública, disponiendo de distintas modalidades de acceso que incluían, además de los espacios principales del recinto —palacios, torres o alcazaba—, la posibilidad de contemplarla «a la luz de la luna». Esta última moda- lidad debía de ser mucho más atractiva de disfrutar en verano que en el frío otoño-invierno en que transcurren las dos primeras estancias del pintor en el monumento. Además, existía la oferta de disponer de un billete de tres días donde se ampliaban las posibilidades de acceder a otros sectores del recinto, como las plantas altas de las torres de las Infantas y de la Cautiva, Puerta de las Armas, Torre de las Damas, habitaciones de Washington Irving, galería superior de Carlos V y el baluarte denominado Artillería. Incluso para los que se lo pudieran permitir cabía la posibilidad de acceder, al módico precio de trein- ta pesetas y una duración de quince días, a lugares más recónditos y secretos como el patio del Harem, la Rauda, el sótano de la Torre de Comares, el Museo o las pinturas descubiertas recientemente en las casas junto a la Torre
6 maría deL mar viLLafranca jiménez

