Page 32 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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También Sorolla, a partir de 1906-1908, comenzó a explorar, como Monet, ese último camino, aunque de esa transformación final de su poética, aparte de los cua- dros mismos, tenemos solo indicios indirectos. Los más sugerentes se encuentran probablemente en su relación con Juan Ramón Jiménez. Se trata de una relación tan significativa como improbable. El pintor y el poeta perte- necían a dos generaciones diferentes: la de Sorolla a ca- ballo entre los dos siglos, la de Juan Ramón inscrita ya firmemente en el Novecientos. Trabajaban en disciplinas diferentes (Juan Ramón comenzó a estudiar pintura de joven, pero lo dejó al cabo de un año). Vivían en medios culturales y sociales diferentes y su trato personal se re- dujo a unos pocos encuentros. Pero no cabe duda de que les unía un hilo de afinidad estética. Un hilo consciente, aunque quizá, sospechamos, no simétrico; es Juan Ra- món, el más joven de los dos, quien parece haberle pres- tado mayor atención.
El testimonio más antiguo lo encontramos en un texto de 1904 dedicado a Sol de tarde. La lectura que hace el poeta de este importante cuadro, generalmente enten- dido en clave naturalista, está teñida, como muy bien ob- serva Ángel Crespo, de una subjetividad y de un lirismo que, si no son simbolistas, están muy próximos al simbo- lismo. En esa misma línea, son enormemente sugestivas las dedicatorias personales manuscritas en los libros del poeta que se encuentran hoy en la biblioteca del Museo Sorolla. Jardines lejanos (1904), por ejemplo, un poemario escrito todavía en la estela de Verlaine, que sitúa el en- cuentro de Juan Ramón con Sorolla en la época de su primera estancia en Madrid y de la integración del poeta en los círculos del modernismo literario español. Más tar- de, Zenobia Camprubí y Juan Ramón dedican a Sorolla sus traducciones de Rabindranath Tagore. Y finalmente, y esto es más significativo, los dos libros que mejor testi- monian la inflexión profunda que Juan Ramón imprime a su poesía a mediados de la segunda década: Estío (1915) y Diario de un poeta recién casado (1916).
En el segundo figura un poema en prosa escrito para Sorolla que se titula «Llegada ideal» y alude a la entrada del poeta en el puerto de Nueva York a comienzos de 1916 en el viaje que hizo allí para casarse.
Nos preguntamos por qué está dedicado al pintor. La presencia en la biblioteca de Sorolla de un ejemplar dedicado de Estío parece más reveladora. El libro tuvo una influencia capital sobre los poetas de la generación siguien- te, García Lorca, Jorge Guillén, Pedro Salinas o Luis Cer- nuda. En la trayectoria de Juan Ramón, Estío es el ejemplo más pleno del paso de una poética tardosimbolista basada en la acumulación de imágenes y resonancias musicales a una poética nueva, de naturaleza más conceptual, basada en la brevedad, la desnudez y la precisión formal. O, para expresarlo en unos términos que más tarde habría de usar Cernuda (y que son sintomáticos por sus involuntarias im- plicaciones pictóricas), el paso de un «impresionismo sen- timental» a un «impresionismo intelectual». Estío es un libro complejo, elaborado a partir del material de unas ex- periencias o «iluminaciones» que se engarzan en tres gran- des hilos temáticos: el amor, la sed de trascendencia que nace de una conciencia plena del presente, y la reflexión sobre la poesía misma. Está construido como una suite musical de ciento seis poemas breves a lo largo de la cual los tres temas se alternan, se trenzan o se reflejan mutua- mente. La mayoría de los poemas están simplemente nu- merados, solo ocho llevan un título verbal, y es siempre el mismo: «jardín». Distribuidos irregularmente a lo largo de la secuencia, los ocho «jardines» de Estío son los nudos donde los tres temas, amor, poesía y presente trascenden- tal, se funden en un solo decir.
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Pero el testimonio más elocuente de los ecos que reverbe- ran entre la poesía del nuevo Juan Ramón y la pintura del último Sorolla no es de naturaleza verbal sino pictórica. Es el retrato del poeta pintado en 1916 [fig. 57]. Responde a
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