Page 33 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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un encargo de Archer Milton Huntington y estaba destina- do a la galería pictórica de literatos y estudiosos españoles contemporáneos que el mecenas americano estaba re- uniendo para la Hispanic Society. Sorolla lo hizo en Ma- drid, en su estudio, en el comienzo del verano de 1916, inmediatamente después del regreso del poeta desde Nue- va York. Juan Ramón debía estar trabajando esos días pre- cisamente en Diario de un poeta recién casado, que se im- primiría a finales de año. Sorolla, por su parte, acababa de volver de Valencia, donde había estado trabajando en uno de los grandes paneles de la Visión de España.
Como los demás retratos destinados a la Hispanic Society, el de Juan Ramón está realizado sobre un lienzo de tamaño mediano y pintado con una escritura ligera y precisa, sin dudas ni pentimenti. Juan Ramón está sentado, relajado pero alerta, vestido de negro, en una amplia butaca ocre, con las piernas cruzadas, los codos apoyados en los brazos de la butaca y las manos, largas y nerviosas, sosteniendo un
Fig. 57
Joaquín Sorolla, Retrato de
Juan Ramón Jiménez, 1916,
óleo sobre lienzo, 110,4 x 79,9 cm. Nueva York, The Hispanic Society of America [inv. A 1932]
libro, aparentemente encuadernado en rústica. El libro está cerrado, pero un dedo de la mano derecha del poeta marca una página, como si se dispusiera a reanudar la lectura tras una interrupción momentánea. Sorolla sitúa a su modelo muy cerca del plano pictórico; el borde inferior del lienzo corta sus piernas por debajo de la rodilla y los bordes laterales cortan parcialmente los brazos de la butaca. El encuadre es tan frontal que el óvalo del rostro, destacando sobre las tierras doradas del fondo, recuerda vagamente la faz de un icono bizantino. Para dinamizar esa frontalidad tan enfática Sorolla desplaza la figura hacia la izquierda del lienzo y pin- ta, detrás de su cabeza, un poco por encima de ella y a su derecha, un arco de medio punto. Es allí donde se sitúa el principal punto de fuga del espacio pictórico. La costumbre nos llevaría a leer ese arco como una ventana abierta. Se trata en efecto de un recurso, aprendido de Velázquez, que Sorolla usa frecuentemente. La ventana pintada en un re- trato tiene que ver, en primer lugar, con el espacio y la perspectiva, pero también con un juego de cruces de mira- das. El que experimentamos cuando, como espectadores fascinados, nos ponemos en el lugar donde estuvo el pintor y sentimos inesperadamente el artificio y la incomodidad de pintar, durante horas, a alguien que mira a quien le está pintando. Que nos mira. La ventana proporciona un escape, un contrapunto. Pero en este caso la expectativa no se cum- ple exactamente de ese modo. Lo que vemos detrás de la cabeza de Juan Ramón es un escape, pero no es una venta- na, sino un arco abierto en un muro de jardín. Por un mo- mento creemos que se trata de un jardín real. Pero inme- diatamente nos damos cuenta de que se trata de un cuadro, puesto en un caballete, que tapa casi totalmente la pared de fondo del estudio. El cuadro representa un jardín, visto también frontalmente y cerrado por un muro cubierto de hiedra. Un cuadro dentro de un cuadro, el espacio pintado de un jardín dentro del espacio pintado de un estudio de pintor, encajados el uno dentro del otro con precisión de re- lojero y de tal manera que el punto de fuga del jardín pin- tado es exactamente el mismo que el del retrato.
10 tomÀs llorens


































































































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