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VÉRTIGO: LOS PAISAJES DEL HOMBRE O... ¿CÓMO VIVIR NUESTRA VIDA?
sición desde hace décadas. En el año 1997 los once mil habitantes del Archipiélago de Tuvalu, situado en el Pací- fico, pidieron asilo en calidad de refugiados ambientales a Australia y Nueva Zelanda, derrotados en su lucha contra el mar. Mientras, al otro lado del mundo, se construyen islas en forma de palmera inconscientes de lo efímero –por no decir “transitorio”– de su existencia.
Tal y como explica Miguel Delibes24, la humanidad ha avanzado poco: contaminar la Tierra provocando una ca- tástrofe ambiental de dimensiones globales no requiere progreso. Hace dos mil millones de años ya lo hicieron seres primitivos como bacterias. Evitar que vuelva a ocu- rrir, en cambio, sí que exige progresar. Tal vez esta nece- sidad del hombre de vivir ajeno a esta dramática situación sea una característica inherente a su propia existencia. In- cluso, puede que exista un determinismo genético por el cual, siguiendo las pautas establecidas en los ciclos bioló- gicos de cualquier especie –y aquí estamos hablando de pautas constatadas científicamente en numerosas especies del planeta–, las dinámicas poblacionales en un medio fa- vorable llevan a una sobreexplotación de los recursos que indefectiblemente conducirá a la degradación del medio y a la extinción de la especie. De esta manera, y de forma na- tural, al estar incorporado en nuestro código de conducta, nuestra propia evolución conduciría hacia nuestra muerte.
Aquí, y ahora, somos una sociedad plenamente cons- ciente de que la actividad humana está produciendo trans- formaciones peligrosas –no sólo a nivel mundial, sino tam- bién a escala local– en lo que se refiere al funcionamiento de ecosistemas estrechamente relacionados con la activi- dad antropogénica; por fin se vuelve evidente a los ojos de cualquiera –no únicamente de los científicos– la vul- nerabilidad que presentan muchos de nuestros paisajes al modificarse las relaciones ancestrales que las comunidades humanas mantenían con el medio ambiente.
Este hecho, unido a los procesos de globalización que, también iniciados a finales del siglo XIX, azotan con viru- lencia a la población mundial, está desestabilizando las bases mismas sobre las que se ha asentado la identidad de los pueblos desde épocas milenarias. Se comprende, al fin,
24 DELIBES, Miguel, La tierra herida, ¿qué mundo heredarán nuestros hijos?, Editorial Destino, Barcelona 2005.
y de una manera agridulce, que de la misma manera que la naturaleza ha sido moldeada por la actividad del hom- bre, éste ha adquirido su identidad como fruto del pro- ceso de adaptación a la naturaleza que le rodeaba. El hom- bre es a la vez la acción y el resultado de un complejo ciclo vital de aprehensión de su futuro, plasmado en su paisaje. Y, poco a poco, se inicia un largo proceso –en el que to- davía estamos inmersos– para cerrar la fisura, la dicoto- mía que existía entre naturaleza y cultura, heredada de otro tiempo y de otra manera de entender el mundo, que permite entender el paisaje como el espacio vital común donde se encuentran hombre y naturaleza.
Como resultado de todo ello, numerosos grupos in- ternacionales redactaron una serie de informes –“Estrate- gia Mundial de la Conservación” (UICN, 1980), “Nuestro futuro común” (CMMAD, 1987), “Cuidar la tierra” (UICN, 1991), etc.– que culminaron en la Conferencia de Río de Janeiro de 1992 “Cumbre para la Tierra”, organizada por la ONU. Este mismo organismo, gracias a su perspectiva global, es capaz de ver las dinámicas planetarias que se están produciendo, de entender la fractura que existe a nivel mundial entre lo que podríamos llamar una econo- mía humana o artificial y una economía natural. A dónde nos lleva la primera es evidente a los ojos de todos. La se- gunda, sin embargo, conduciría a una gestión del planeta que implica una relación simbiótica con el mismo, apro- vechando sus recursos naturales pero manteniéndolos para generaciones venideras, entiendo que el lugar, más allá de ser un territorio de supervivencia, es la obra com- binada del hombre y la naturaleza donde se plasma el pa- sado de los pueblos a la vez que su futuro; necesario para nuestro futuro.
Estos temas fueron analizados y discutidos en la UNESCO en el marco de la Convención del Patrimonio Mundial, que desde su constitución (1972) vela por el Pa- trimonio Cultural y el Patrimonio Natural de la Humani- dad: por aquellos bienes inestimables e irremplazables no sólo de cada nación sino de toda la humanidad. La pérdida de uno de los bienes más preciados, como resultado de su degradación o desaparición, constituye un empobrecimiento del patrimonio de todos los pueblos del mundo25. Desde el año 1984, la
25 Directrices Operativas para la puesta en práctica de la Convención del Patrimonio Mundial, UNESCO, París 2008, art. 4.


































































































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