Page 22 - Tiempo eterno: instantáneas fugaces, el jardín de Joaquín Sorolla
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Fig. 22
José Rico de Estasen, Joaquín Sorolla
en el estudio, 1919. Madrid, Museo Sorolla [inv. 80185]
Una fina y templada mañana madrileña del mes de ju- nio, en su jardín, Sorolla pintaba el retrato de mi mujer, observándole yo a su lado. Éramos los tres solos, bajo una pérgola enramada. Levantose una vez y se encami- nó hacia su estudio. Subiendo los escalones, cayó. Acu- dimos mi mujer y yo en su ayuda juzgando que había tropezado. Le pusimos en pie, pero no podía sostenerse. La mitad izquierda del rostro se le contraía en un gesto inmóvil, un gesto aniñado y compungido, que inspiraba dolor, piedad, ternura. Comprendimos la dramática ver- dad; la cuerda extremadamente tirante se había quebra- do (Sorolla sentía el pavor y el presentimiento de la pa- rálisis; años antes había padecido un amago). Aún así y todo, rebelde contra la fatalidad que ya le había asido con su inexorable mano de hierro, Sorolla quiso seguir pintando. En vano procuramos disuadirle. Se obstinó, con irritación de niño mimado a quien, con pasmo suyo contrarían. La paleta se le caía de la mano izquierda; la diestra, con el pincel mal sujeto, apenas le obedecía. Dio cuatro pinceladas, largas y vacilantes, desespera- das; cuatro alaridos mudos, ya desde los umbrales de la otra vida. ¡Inolvidables pinceladas patéticas!, —«No
puedo», murmuró, con lágrimas en los ojos. Quedó re- cogido en sí mismo, como absorto en los residuos de luz de su inteligencia, casi apagada, y de pronto, por un soplo absurdo e invisible, dijo: —«Que haya un imbécil más, ¿qué importa al mundo?»60
Sus obras son fiel reflejo de su sensibilidad a la hora de captar el ambiente, y esa gran sensibilidad es la que le proporcionaba tanto gozos como sufrimientos. Pero es, sobre todo, cuando está con su familia, con toda la paz y equilibrio que le dan los suyos, cuando logra sus mayores cotas como pintor, en esos veranos en Valencia y San Se- bastián en los que siempre están juntos, en esas estancias en la paz de su jardín, diseñado por él para pintar. En los bellísimos retratos de su mujer y sus hijos.
Dos años después de la muerte de Sorolla, Clotilde hizo testamento y, llevada del gran amor a su marido y a su obra, y para perpetuar su memoria, donó todos sus bienes al Estado Español para que se fundase la Casa Museo Sorolla, que como tal pervive hasta nuestros días. Este museo, una creación más del pintor, que tanto guarda de Sorolla y de su familia, es el lugar donde mejor se puede estudiar al artista.
Joaquín Sorolla (1863-1923) 23


































































































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